Magistrado alérgico a las condecoraciones. Louis Joinet (1934 2019).

28 septiembre, 2019. by

Columna de Ivonne Trías en memoria de Louis Joinet. Publicada en el Semanario Brecha el viernes 27 de setiembre de 2019.

Louis Joinet (c) en la Marcha del Silencio de 2014 / Foto: Afp, Pablo Porciúncula

Suena el acordeón mientras hijos y nietos cantan bajito, porque están en el hospital, “Le tourbillon de la vie” (la canción de Jules et Jim).1 Joinet sonríe tranquilo. Es su hora de partir y está sereno como alguien que ha vivido muchas vidas, todas suyas, todas plenas. Para entender qué hace de un hombre con tanto título intimidante un ser entrañable, hay que mirar el conjunto.

Louis Joinet nació en 1934 en Nevers (Francia) y vivió hasta el 22 de setiembre de 2019. A los 20 años conoció a quien sería su compañera de vida, la médica y activista Germaine Durif. Juntos viajaron a Argelia en el momento crítico de la guerra de independencia de ese país con la Francia colonialista. Fue una experiencia dolorosa que le dejó a Joinet una larga resaca.

Lo intimidante. Al regresar a Francia en 1961, Joinet ingresó a la Escuela Nacional de la Magistratura, mientras Germaine se especializaba en atención a los toxicómanos y militaba en comités de solidaridad con Palestina y Chile. Comenzó una etapa distinta. Joinet entró como pasante en el despacho del juez Louis Zollinger. Impactado por lo que allí vio, impulsó la creación, en 1968, del sindicato de la magistratura. El joven Joinet empezó a llamar la atención.

En 1976 creó, con otros, el Secretariado Internacional de Juristas por la Amnistía en Uruguay (Sijau). Experto independiente en la comisión de derechos humanos de la Onu, recorrió el mundo trabajando durante más de tres décadas sobre la impunidad de los criminales de guerra, las detenciones arbitrarias y las desapariciones forzadas.

Cuando la informática empezó a ganar terreno, Joinet se alarmó por la desprotección de la vida privada de los ciudadanos. Redactó, entonces, un informe que dio lugar a la ley informática y libertades. Poco después se creó la Comisión Nacional de Informática y Libertades (1978), de la que Joinet fue director. Su insistencia en alertar sobre los peligros del asunto se volvió molesta y lo echaron. Pero al año siguiente, 1980, François Mitterrand ganó las elecciones y Joinet recuperó terreno: fue consejero de cada primer ministro entre 1981 y 1992.

Fue el principal artífice de la Convención Internacional para la Protección de todas las Personas contra la Desaparición Forzada, aprobada por la Onu en 2007 (firmada por Uruguay). Como primer abogado general en la Corte de Casación, Joinet entró en la crema de la jerarquía judicial. Estos son algunos, sólo algunos, de los títulos que Joinet ostentaría si no hubiera sido, como fue, alérgico a las medallas. En 2016 impulsó la creación de la Asociación de Magistrados Alérgicos a las Condecoraciones (Amaad, en francés). “Porque la independencia es, en primer lugar, no esperar nada, rindamos homenaje a la magistratura: retirémosle sus medallas.”

Lo entrañable. Pero el prestigioso jurista fue en su adolescencia un estudiante tramposillo y callejero que valorizó su experiencia al convertirse en educador profesional de calle (1955) y trabajar con jóvenes fuera del sistema de educación; entre ellos, los famosos y temidos blousons noirs parisinos. “Yo vivía en la calle con las bandas. Una experiencia extraordinaria para un futuro magistrado, aunque, por cierto, no sabía que un día llegaría a serlo. Era todo muy violento. Pero cuando se llega a ganar su confianza, es extraordinario lo que se puede llegar a hacer” (TV5).

Tal vez esa experiencia ayudó a moldear –o desmoldear– sus ideas sobre la ley. “La ley es como el amor: va y viene. Y pretender la aplicación estricta de la ley es un espantoso factor de inmovilismo, es decir, de regresión”,2 decía en 2013. Es en esta concepción contraria a lo que llamaba integrismo legalista que el prestigioso jurista se volvió cercano y sus “astucias” –así las llamaba él– para resolver conflictos justo en el límite entre la ley y la ilegalidad se volvieron comprensibles. Sólo a modo de ejemplo vale mencionar una de sus más notables astucias: el caso Larzac.

Larzac es una meseta calcárea del sur de Francia, conocida como el paraíso de las ovejas. A fines de los años sesenta el gobierno diseñó un proyecto para extender un campo militar de 3 mil hectáreas a 17 mil hectáreas. Los campesinos de la zona afectada se resistieron a la expropiación entablando una pelea que duró más de diez años. En ese contexto Joinet urdió un embrollo para complicar al máximo la expulsión de los campesinos. “La gran idea era parcelizar las tierras en 6 mil partes, hacerlas comprar por cientos de militantes que el Estado hubiera tenido que convocar para expropiárselas. Eso nos permitió hacer que la ley fuera imposible de aplicar hasta la llegada de la izquierda al poder. El amor por el derecho da una imaginación increíble”, recuerda con humor en Libération. En efecto, el contencioso terminó con un triunfo de los campesinos cuando Mitterrand abandonó el proyecto.

Ben Barka. Ese amor de Joinet por el derecho bien entendido, es decir, independiente, chocó con el oscuro proceso iniciado tras la desaparición del dirigente marroquí Ben Barka. Figura intelectual y política del movimiento anticolonialista y opositor al rey Hassan II de Marruecos, condenado a muerte por la justicia de su país, Ben Barka fue secuestrado el 29 de octubre de 1965 en París. La primera instrucción judicial fue conducida por el juez Louis Zollinger, secundado por Joinet. El proceso se inició en 1966 y prosiguió sin solución hasta hoy, en vergonzosos capítulos, en los que se esfuman archivos y mueren de pronto testigos y abogados. Pero en 1965 Joinet era un joven pasante que se ocupaba de llevar al procurador copias rigurosas de cada audiencia sobre el caso. Descubrió, entonces, que junto con el procurador esperaban funcionarios de los gabinetes del Interior, Defensa, Relaciones Exteriores… O sea “la oreja del gobierno seguía muy de cerca todo lo que se decía en el ‘secreto’ del gabinete del juez”.

Esa grosera falta de independencia fue la que llevó a Joinet a crear, en 1968, el Sindicato de la Magistratura, que amplificó la voz de los magistrados y fue considerado por la derecha un nido de “jueces rojos”.

LOS AÑOS SETENTA. La casa de los Joinet Durif, a la manera de los salones de la Ilustración, pero con ambiente popular, daba cabida a los encuentros y las conversaciones palpitantes que la hora reclamaba.

Cuenta el escritor Yves Pagès, que en aquellos días era un estudiante libertario amigo de las hijas de Joinet, que en el salón de Germaine y Louis “se hablaba durante horas de ética, de política, de música y de todo el desbarajuste que ocupaba nuestras vidas”. En esos días agitados, “Louis había evitado que los compañeros detenidos en las manifestaciones fueran fichados como ‘anarco‑terroristas’. Al final de la jornada había música por todos lados, Louis con el acordeón, su hijo con la guitarra”.

En casa de los Joinet era frecuente la presencia de refugiados con distintos acentos latinoamericanos. O la de un falsificador anarquista, amigo de militantes uruguayos, que hacía las veces de banquero al servicio de la resistencia de los países sudamericanos o de independentistas vascos, a quien Joinet había salvado de la cárcel porque, en su opinión, la frontera entre la ley y la ilegalidad puede ser borrosa.

Joinet y los uruguayos. Los uruguayos exiliados en Europa, en particular, los sobrevivientes a la represión en Argentina, encontraron junto a Joinet un espacio clave para debatir y desarrollar sus ideas sobre la salida de la dictadura en Uruguay. Con Joinet, Jean‑Louis Weil, Guy Aurenche, Juan Saavedra, Pérez Pacheco; con Leandro Despouy e Hipólito Solari Irigoyen, de Argentina; con los abogados uruguayos Héctor Amilivia y Alejandro Artuccio, y los militantes Jaime Machado y Pila Salaberry, entre otros, se fundó, en 1976, el Secretariado Internacional de Juristas por la Amnistía en Uruguay (Sijau).

El Sijau trató en varios coloquios, entre 1978 y 1983, el tema del estado de excepción en Uruguay y los fundamentos jurídicos de una verdadera apertura democrática. ¿Y cómo debía ser, pues, la amnistía en Uruguay?

Ya las Fuerzas Armadas habían sido deslegitimadas por el plebiscito de 1980 y los políticos oficialistas, por el resultado de las elecciones internas de 1982, de modo que la amnistía no podía ser otra cosa que general, irrestricta e inmediata.

Pero el Partido Nacional y el Partido Colorado tenían otras propuestas, y en todas, con matices, se incluía la noción de reciprocidad (amnistía también para los responsables de delitos de la dictadura). Para la izquierda, nada que incluyera el mutuo perdón era aceptable. Sin embargo, polemizaba con la extensión de la amnistía (a todos los presos o sólo a los presos de conciencia). El Sijau acercó posiciones en una fórmula que incluía a “todos los presos políticos”, con la que casi todos acordaron.3

Quedaba por resolver cuál iba a ser el tratamiento con los militares y los civiles violadores de derechos humanos. Y ese asunto sigue sin resolución varias décadas después. Desde Francia o en sus viajes a Uruguay, Joinet seguía atento a la evolución de la impunidad. Su apego a este país puede apreciarse en su libro de memorias, dedicado a la uruguaya Norma Scópice.4

En mayo de 2013 la Intendencia de Montevideo lo declaró ciudadano ilustre. Un año después, en vísperas de su viaje a Uruguay, un Joinet de 80 años confesó cuánto lo ilusionaba acompañar a los familiares en la marcha del 20 de mayo y “compartir su lucha por la justicia y la verdad”. Se dio el gusto de hacerlo en 2014.

El Ubiquista. Joinet, prestigioso a su pesar, recibió de sus pares diversos motes. Sus investigaciones sobre el dossier Ben Barka y sobre la cárcel secreta de Evin o las prisiones chinas le valieron el apodo de “Maigret de los derechos humanos”. Pero sus colegas de la Corte de Casación lo apodaban Ubiquista, término aplicable a especies animales o vegetales que se adaptan fácilmente a los medios ecológicos más diversos. Parece apropiado para alguien que se sentía como en su casa en todas partes, en los pasillos de la alta magistratura, en el circo o en un comité perdido en el desierto.

El supermagistrado, además de tocar el acordeón, acumulaba otro tipo de títulos. Entre los años 1996 y 2005 fue presidente de la asociación Fuera de los Muros (HorsLesMurs). Presidió el Centro Nacional de Artes de Circo. Y presidió también el Consejo Nacional de Artes de Pista y el Festival de Teatro Callejero de Aurillac.

Lo intimidante y lo entrañable en una sola persona.




  1. “Mort de Louis Joinet, un épris de justice”, TV5, 23‑IX‑2019
  2. “Louis Joinet, le Hessel de la justice”, Libération, 18‑XII‑2013.
  3. Finalmente hubo amnistía general: la mayoría de los presos salieron el 10 de marzo de 1985 y el resto (63 presos) pasó a la justicia civil, que los dejó en libertad cuatro días después al aplicar el cómputo de tres días por cada día de prisión (fórmula Adela Reta).
  4. Mes raisons d’état. Mémoires d’un épris de justice (Mis razones de Estado. Memorias de un enamorado de la justicia), Louis Joinet, La Découverte, 2013, París.


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